sábado, 18 de noviembre de 2017

HAMBRE DE PALABRAS



Llevo semanas cocinando en mi ordenador platos de los que requieren mimo, pero este fin de semana lo he dejado de lado, me he dado permiso para preparar hamburguesas de pollo. Y tazones de chocolate. Incluso he metido mano a un bote de leche condensada y lo he dejado tiritando. Ya que estaba, me he concedido el capricho de un bocadillo de mortadela con aceitunas. Y unos pepinillos en vinagre, así, a lo bruto, sin ponerles encima ni una anchoa, ni nada que los haga más especiales.

Habré engordado seguro dos kilos, pero no me pienso pesar para averiguarlo.

Sí, este blog sigue siendo de literatura, y si estoy cocinando dentro del ordenador es porque de lo que hablo es de palabras.

Llevo desde 2014 escribiendo una novela. No todos los días, a mi ritmo de tecleo seguro que llevaría ya diez mil páginas. La empecé después de La chica de las fotos, pensé que me quedaba grande y la dejé, volví a ella al cabo de unos meses, hice una pausa y en ella escribí Entre puntos suspensivos. Volví, me atasqué y la dejé, empezando dos o tres novelas. Incluso una la acabé. Escribí relatos de veinte páginas. Terminé de rematar otra novela que siempre estaba a medias.

Y luego dejé de escribir durante meses.

Problemas personales me impidieron poner una coma en su sitio y no ha sido hasta octubre que he vuelto a teclear. Y lo he hecho tan exigente conmigo misma, a lo mejor por la pausa esta tan grande, que me he esmerado en cada párrafo como si estuviera preparando un plato de alta cocina. No sé si porque me lo debo, no sé si porque me ha decepcionado mucha gente en estos meses y no me puedo permitir ni una arruga en el texto. El caso es que todo ha ido lento, medido, cuidado.

Tan lento, tan medido, tan cuidado, que me he vuelto a atascar.

El caso es que desde hace unos días tengo ese proyecto en pausa, pero tenía muchas ganas de escribir. Hambre de palabras, necesidad de darme un atracón de lo que fuera. ¿Hamburguesas? ¿Chocolate? ¿Patatas fritas? Daba lo mismo. El caso era escribir.

Abrí uno de esos archivos que no conducen a ninguna parte, donde tú sabes que has perdido el rumbo y que un día tendrás que borrar porque no están en ese nivel que te pides a ti misma. Pero tienes muchas ganas de escribir, estás hambrienta.

Y te lo permites.

Hasta ahora mismo he escrito alrededor de mil palabras. Dos días. Un montón de tonterías que probablemente no releeré hasta dentro de un tiempo. Y, cuando lo haga, quién sabe si la historia no me parecerá tan tonta, quién sabe si no me dedicaré en cuerpo y alma a cada párrafo, como hago con esa otra novela.

No lo sé, ni me importa. Solo tengo hambre de palabras y me voy a dar el capricho.

Porque puedo.

viernes, 17 de noviembre de 2017

UNA VIDA EN PARÍS DE ERIKA FIORUCCI



Sinopsis:

El amor algunas veces te golpea como un rayo y otras te consume poco a poco sin que ni siquiera te des cuenta.

Sergei Petrov, también conocido como “el chico malo del ballet”, vive su autoimpuesto exilio en París tratando de mantenerse alejado de sus vicios: el alcohol, las fiestas y las mujeres. Sin embargo, el nuevo comienzo que había planeado para su vida está resultando de lo más decepcionante: está solo y aburrido. Algo falta en su vida y se pregunta si no estaba mejor siendo el divo problemático, amado por las mujeres y perseguido por periodistas.

Es entonces cuando conocerá a Gabrielle, una misteriosa mujer que sale de la nada cuando más la necesita para luego desaparecer con la misma facilidad. Parece ser su complemento perfecto: es hermosa, un poco loca y completamente desinhibida. En fin, Sergei Petrov en versión femenina.
Sin embargo, lo que queremos no es siempre lo que necesitamos y Sergei está a punto de descubrir que su corazón sabe la diferencia.

Mis impresiones:

Sergei Petrov es una estrella del ballet, pero también es el rey de los excesos, de las fiestas, los escándalos y un hombre deseado por las mujeres. Cuando arranca la trama, lleva en París unos meses, intentando recuperarse de esa vida que en el pasado no le ha traído nada más que disgustos, manteniéndose solo y sobrio. Le está costando, pero la deriva de su vida necesitaba frenarla y entender que es algo más que ese personaje en el que se ha convertido.

Una noche, en una fiesta que dan en su honor, conoce a una mujer con un cuerpo fascinante. Se llama Gabrielle y es mordaz y seductora. Sergei se deja llevar, agarra una copa y acaba siguiéndola, pasando la noche en su casa con ella. Al despertar, aparece otro tipo y sus recuerdos son tan confusos por la cantidad de alcohol que lleva su cuerpo que no es capaz de reconstruir qué fue lo que pasó.

Por eso, acude con resaca al trabajo. Intentando disimular su falta de coordinación al bailar, le echa la culpa a la pianista, la seria y educada Siena Planchard, a la que acusa de ser mediocre y de no seguir el tempo. A ella le retiran las horas que trabaja con él, estaría de más, él es el divo, la estrella al que escuchan a pesar de que sea obvio que ha llegado al trabajo en malas condiciones.

Sin embargo, todos esos meses de abstinencia y soledad en París han hecho efecto en él y algo se conmueve en su interior. Sergei se siente culpable por haber dejado a Siena sin parte de su sueldo, y más cuando se entera de que ella es su vecina y que fue quien recomendó el apartamento donde vive. La busca para disculparse y, desde ese primer instante en el que se encuentran, la química entre los dos se pone en marcha, aunque al principio sea un tanto explosiva. Porque a Siena, Sergei no le gusta demasiado...

Sé que parece que os he contado mucho para mi costumbre, pero tranquilos, solo son las primeras páginas, ese diez por ciento que podéis leer en Amazon si le dais aquí.

Me han gustado mucho los personajes de esta novela, sobre todo Sergei. Me parece que tiene un sentido del humor extraordinario, que las conversaciones con Siena tienen ese punto que en literatura romántica funciona tan bien y que la historia de segundas oportunidades que nos cuenta Erika es muy bonita, una historia que tiene un tercer vértice, que es Andrea, la hija de Siena.

En cuanto a los personajes secundarios, quizá la más interesante para mí haya sido Gabrielle. Es una especie de ángel tatuador de bondad que viste con cuero y tacones de los que machacan los dedos de los pies. Su objetivo en la novela es empujar a Sergei a buscar la felicidad en las cosas sencillas de la vida y la verdad es que acaba consiguiéndolo.

A Bernard Duserre, el mejor amigo de Gabrielle, no he acabado de cogerle el punto, creo que es el único personaje que no me ha terminado de llegar. Es un niño rico excéntrico, pero no puedo contar mucho más sin llenar esto de spoilers gordísimos. 

Los personajes de Una vida en París vienen de otra de las novelas de Erika, pero dejadme que no os diga que he leído sin tener referencias de su predecesora. Sabía que existía, de hecho en la novela se hace alusión a escenas que es probable que pertenezcan a ella y la he disfrutado sin echar de menos ninguna información.

Tengo curiosidad, pero no siento que a Una vida en París le falte nada para que la experiencia lectora sea completa. Y tan completa, me duró apenas 24 horas y tiene casi 300 páginas en papel.

Digo esto porque a veces nos pasamos de cautos cuando unas historias derivan de una anterior. Aunque el autor nos diga por activa y por pasiva que se ha esforzado en que no haga falta leer la otra novela, muchas veces tendemos a no creerlo. Algunas, con razón. Pero no es este caso, esta vez se puede disfrutar.

No es la primera vez que leo a Erika Fiorucci y tengo que decir que probablemente, casi con toda seguridad, no será la última. Las dos veces sus libros me han durado un suspiro, me gusta cómo cuenta las historias y los personajes que crea y es de esas autoras que te hacen darte cuenta de que tenemos un excelente plantel de autoras escribiendo en español, reunidas bajo el sello de HQÑ a las que no hay que perder de vista. Erika es periodista, venezolana, y fue finalista en el Primer certamen digital de HQÑ con Cuatro días en Londres.

Por cierto, la otra novela que leí fue Pregúntame mañana, y no esta reseñada en el blog porque la leí en un momento en el que no podía hablar de ella, cuando fui jurado en el IV certámen HQÑ. Tenía que guardar el secreto hasta que se fallara el premio y, como siempre me acaba pasando cuando no hago una reseña de inmediato, la vida me arrastró hasta otras cosas, dije que la volvería a leer, pero no he tenido tiempo. También os la recomiendo, a mí me encantó.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

¿ES NECESARIA UNA WEB DE ESCRITOR?



Estaba dando un paseo con mi perro esta tarde, cuando he recordado que tengo una web de autora.

Como lo oís, hasta yo me he sorprendido cuando me he acordado.

Tiene fotos en las que salgo guapa -porque solo puse aquellas en las que salí bien-, todos mis libros, unos cuantos relatos que regalo desde ella, sus pestañas, mi biografía... o eso creo, porque por ella no paso ni yo. De hecho, no entraba nadie y por eso dejé de pensar en ella.

¿A qué viene todo esto? Pues a que no paro de leer por todas partes que si quiero dedicarme de verdad, en serio, con toda mi energía, con toda la profesionalidad del mundo a esto de la escritura, tengo que tener una web de escritora. Un blog está bien para el principio, pero lo profesional es tener una web. Casi antes de publicar el primer libro.

Te da una pátina respetable de persona seria, que un blog, por supuesto, no te otorga. La web es como llevar zapatos de tacón, mientras que el blog es... vivir en zapatillas.

Madre mía. Ya llevo ocho libros, tres de ellos con editorial (Ediciones B y HarperCollins Ibérica) y no me gusta tener una web. Sigo, sin embargo, tan feliz aquí, en mi espejo, atravesándolo sin ton ni son, dando bandazos de un tema a otro sin orden ni concierto -lo mismo reseño un libro como reflejo un pensamiento o hago la crónica de un evento literario.

Nunca voy a ser una escritora seria.

Toda esperanza está perdida.

Bueno, tal vez nunca logre ser una escritora, porque para mí esta palabra, cuando la leo, me conduce el pensamiento a personas como Unamuno, Valle-Inclán, Machado, Baroja, Galdós, Pardo Bazán... y a esos no hay quien se acerque ni en los sueños más especiales. Y tampoco a los Follet o a los Pérez-Reverte, por ser más actual y más mercantilista, que estos venden libros a patadas. Yo no sé ser escritora de estos tiempos. Soy un desastre con el marketing, me interesa mucho menos que la ortografía. Cuando me hablan de posicionamiento web se me abre mucho la boca, desde luego no me despierta tanto interés como estudiar a una generación literaria y prefiero pararme a planificar historias para escribirlas que trazar estrategias de venta.

Lo llevo claro.

Y a todo esto, he venido aquí a ver si conseguía responderme a la pregunta que titula la entrada, y no he llegado a ninguna conclusión.

¿Vosotros creéis que hace falta?

lunes, 13 de noviembre de 2017

LA LIBRERÍA DEL SEÑOR LIVINGSTONE DE MÓNICA GUTIÉRREZ



Sinopsis editorial:

Agnes Marti es una arqueóloga en paro que se ha mudado a Londres en busca de una oportunidad laboral. Una tarde, desanimada y triste por su poco éxito profesional, tropieza en el corazón del barrio del Temple con el pomo de una puerta en forma de pluma, el sonido de unas lúgubres campanillas y el hermoso rótulo azul de Moonlight Books. La librería, regentada con encantador ceño fruncido por Edward Livingstone, debe su nombre a un espectacular techo de cristal que permite contemplar la luna y las estrellas en las noches despejadas. Intrigada por la personalidad y el sentido del humor del señor Livingstone, Agnes decide aceptar la oferta de convertirse en ayudante del librero mientras continúa su búsqueda de trabajo. El té de la tarde en el rincón de los románticos, las visitas de Mr. Magoo, las conversaciones con la bella editora de Edward, las cenas junto a la chimenea del Darkness and Shadow y la buena lectura convencerán a Agnes de que la felicidad está en los pequeños detalles cotidianos. Pero aunque Moonlight Books podría parecer un oasis de paz en el acelerado Londres, las extrañas campanillas de su puerta daran paso a los sucesos más inesperados: una noche de tormenta, el inspector John Lockwood...

Una comedia muy feelgood, con un toque Wodehouse irresistible.

Mi sinopsis:

Existe una librería en el Temple londinense, de suelos de madera, escalera de caracol y un impresionante techo de cristal desde el que se pueden contemplar la luna y las estrellas en las noches sin nubes. Admite escritores residentes, niños abandonados con nombre de huérfanos literarios, editoras arruinadas y enamoradas, ancianos sastres, jóvenes arqueólogas exiliadas y policías poco cuidadosos con las campanillas de la puerta. Al frente de ella está el señor Livingstone, un librero con aire decimonónico que finge tener mal carácter. De todos es sabido que en Moonlight Books eso es imposible. En este extraordinario oasis de paz solo hay sitio para que las buenas gentes encuentren feelgood porque, ¿de qué otro modo podría compensarse a los lectores por todos los problemas y las malas noticias con las que lidian a diario fuera de los libros?

Mis impresiones:

Todos los que atravesáis el espejo sabéis que no suelo rehacer las sinopsis de las novelas. Hoy, sin embargo, me salto esa premisa porque la novela la ha escrito Mónica Gutiérrez. Es mi pequeño homenaje a lo que ella hace en su blog (espero haber estado a la altura), que siempre escribe una nueva sinopsis de las novelas, algunas mucho mejores que las originales. Pero también lo hago por otra razón: creo que la librería es la verdadera protagonista de esta novela y me apetecía centrar el foco en ella más que personalizarla en cualquiera de sus maravillosos personajes. Son todos protagonistas en su momento, en sus escenas, pero quien realmente destaca en sus páginas es ese espacio mágico que se esconde entre las estanterías de Moonlight Books.

Hace un par de años leí una antología: La librería a la vuelta de la esquina. En ella, un montón de autores se reunían para hacer un homenaje a las librerías, ese sitio tan mágico para lectores y escritores. Una de las librerías que aparecía, creada por Mónica Gutiérrez, era Moonlight Books. En cuanto me sumergí en su cuento, El té de los viernes en Moonlight Books, y sonaron las campanillas de la puerta me sentí dentro de ese mundo único que es capaz de crear Mónica con sus palabras.

Recuerdo que me dio mucha pena que ese relato se acabase tan pronto y le dije una cosa: "Esta librería se merecería una novela". Bueno, no sé si fui así de literal, pero estoy segura de que lo hablamos. Por eso, al ver el libro, sonreí. Cuando volví a entrar hace unos días a Moonlight Books e hice sonar las campanillas (antes de que se las cargase John), me sentí muy feliz. Lo había hecho, al final Mónica había escrito una historia para la librería. Tenía algo que contarme que transcurría bajo esa cúpula desde la que se pueden ver las estrellas en noches despejadas, a la que se llega por la escalera de caracol, acariciando la barandilla de madera pulida...

(Suspiro)

¿Os he dicho alguna vez que mola mucho tener amigas escritoras? Son capaces de hacerte feliz sin ni siquiera estar cerca de ti. Estoy segura de que no fui la única que se lo pidió, ni siquiera fui la primera, pero no quiero que nadie me saque de mi error. Quiero creer que me hizo caso y que este libro está aquí, aunque sea un poquito, porque cerré los ojos y pedí un deseo a una de esas estrellas fugaces que se pueden ver desde Moonlight Books surcando el cielo del Temple londinense (y quizá contó algo que se lo dijera en un mensaje).

(Aprovecho para decirle a cualquier otra amiga escritora que tenga, que le haya pedido que escriba una historia, que sigo esperando. A los escritores no se lo digo porque no me hacen ni puñetero caso, son más suyos.)

¿Qué vais a encontrar en esta novela?

Muchas cosas. La primera, una maravillosa ambientación de esa librería que debería existir de verdad. Y Londres, con la lluvia como telón de fondo, que se convierte en un personaje más. La ciudad posee unas condiciones climatológicas únicas para que Mónica, una enamorada del invierno, la traslade a su novela y a nosotros nos transporte a ella. Serán constantes las referencias a sus barrios, monumentos, parques y callejuelas, haciéndonos sentir como si paseáramos por la ciudad.

Por otro lado, son muchas citas literarias insertadas en la narración, muchos giños para lectores que me han hecho sonreír. Es muy interesante cómo ha sabido insertarlos en los diálogos y cómo es capaz, sin ser inglesa, de transmitir ese humor tan peculiar que tienen los británicos. Esta novela es literaria por todas partes, por cómo está escrita y por ese mundo de los libros que a los apasionados de las citas literarias, como lo soy yo, no se nos escapan.

¿ Y los personajes? Ya os he dicho algo al principio. Supongo que lo típico en otros géneros, en el feelgood no tiene importancia. Nos importan sus pequeñas historias, su día a día más que una gran historia sorprendente. No hay un foco único, un personaje al que persiga cada palabra de la trama y que destaque por encima de los demás. El señor Livingstone es quizá el que está mejor retratado, es el dueño y parte de la librería, y de su carácter gruñón sabemos porque lo nominan a un premio, porque en realidad, cuando lo conocemos, es imposible no quererlo. Pero sucede lo mismo con Sioban, incluso no podemos odiar del todo a la madre de Oliver, la señora Twist, por mucho que deje a su pequeño, que sueña con ser astrónomo, todas las tardes abandonado en la librería.

El protagonismo se lo da la sinopsis a Agnes Martí, una barcelonesa, arqueóloga en paro que acaba en Moonlight Books por aquellas cosas del destino. Y también a John, un atractivo policía que investigará la desaparición del diario del doctor Livingstone. Incluso la señora Dresden, que llega cada lunes renegando del libro que compró el lunes anterior, o el sastre que recuerda a Mister Magoo hasta en la manera de hablar.

¿La recomendaré? Ya lo he hecho. Porque siempre hay momentos en los que apetece apretar un libro contra el pecho y suspirar pensando en lo hermoso que es lo que nos cuenta, porque es necesario perderse en una escritura que no puede sonar más dulce y afinada. Porque, cada vez más, este mundo loco necesita feelgood.

Y tazas de té caliente.

Y alguien que te regale un paseo privado por el British en plena noche de Navidad.

Porque, como dice al final el señor Livingstone, esta novela está escrita para disfrutar el camino.


lunes, 6 de noviembre de 2017

EL DOMADOR DE NUBES DE PILAR FERNÁNDEZ SENAC



Sinopsis:

En Septen necesitan al Domador de Nubes, sólo él puede ayudarles a recuperar lo que han perdido.

Él cree que es un trabajo más, que tan sólo deberá enseñar a sus habitantes a convivir con la naturaleza, a cuidarla. Sin embargo, todo su mundo cambiará cuando conozca a Aurora. Tendrá que enfrentarse a sus propios miedos, atreverse a sentir lo que hace mucho tiempo se prohibió, y admitir que, alguien como él, también se equivoca.

Aurora conocerá un mundo diferente gracias al Domador de Nubes, pero descubrirá que el amor duele, que olvidar no es fácil y perdonar menos aún; tendrá que elegir qué vida quiere y pelear por conseguirla.

Una daga que otorga la inmortalidad, Los Buscadores de Amrit, humanos que están desde el principio del tiempo al servicio de la tierra, seres sobrenaturales, un amor profundo que debe enfrentar varias batallas y mucho más, es lo que puedes encontrar entre estas páginas. Todo ello contado con una prosa pausada, íntima y poética, con unas descripciones mágicas que te harán creer que lo que aquí lees, no es sólo una historia más.

Mis impresiones:

Descargué la novela de Pilar porque tenía un recuerdo maravilloso de Como diente de león, su anterior obra y sabía que su prosa me llevaría de la mano. Y así ha sido, durante unos días he paseado con ella por este mundo imaginario que crea para contarnos una fábula en la que confluyen una bonita historia de amor y amistad, aventuras y preocupación por la Naturaleza y el trato que le damos.

Y el intenso dilema del protagonista.

Antes de seguir quiero decir que El domador de nubes es una historia fantástica. El título me encantó, me pareció muy sugerente para una novela, aunque al principio, como es normal en mí, ni siquiera había leído la sinopsis.

¿Qué cuenta la novela? En Septen los campos se mueren de sed, la lluvia hace mucho que no los visita y, desesperados, buscan ayuda. Sando, uno de los habitantes de ese lugar que agoniza, les habla de un hombre excepcional que sabe convocar la lluvia. Lo conoció cuando era joven, cuando navegaba a bordo del Sueños. Él sabrá darle la solución que necesita a la tierra para que vuelva a ser fértil y puedan seguir viviendo de ella.

Levan acude a su llamada.

Sando no sabe qué pensar cuando le ve: Levan no ha cambiado nada desde que se conocieron. Mientras que él ha envejecido, Levan sigue pareciendo un muchacho de la edad de su hija Aurora. Levan le confiesa que tiene un secreto: es inmortal. Su capacidad para convocar a las nubes, la lluvia y la nieve, de devolverle a la Naturaleza el equilibrio, no es gratis. Por eso, cuando se da cuenta de que Aurora le gusta (y él a ella) intentará evitarla. Ser inmortal tiene un precio altísimo: ver morir a las personas que ama.

Levan decide ayudar y, en cuanto termine su labor, marcharse muy lejos para no hacer daño a Aurora y a sí mismo. Una vez reestablecido el equilibrio, se marcha. Pero el equilibrio también lo necesita su vida, así que tendrá que resolver esa parte.

La novela tiene frases muy bonitas, como he dicho antes se lee sola y, aunque no te guste la fantasía, el dilema de los personajes la hace atractiva para un público más amplio. Es una historia amable, con su llamada de atención ecologista.

Felicidades, Pilar. Te seguiré leyendo.

Si queréis ver el booktrailer, aquí.

sábado, 4 de noviembre de 2017

COMPARTIR UNA PASIÓN

Sé que el título de esta entrada del blog debería de ser algo así como: Crónica de la presentación de Un café a las seis de Pilar Muñoz en El dinosaurio todavía estaba allí (Madrid).

No podía ser, me quedaba sin aire al leer y, además, no cabe en un tuit.

Para mí la presentación empezó mucho antes de las siete de la tarde, hora a la que estaban convocados los lectores. Ver a Pilar, viviendo ella en Córdoba y yo en Segovia no es tan sencillo -aunque en los dos últimos años nos las hayamos arreglado para que suceda-, así que aprovechamos para alargar el día comiendo juntas. Se nos unieron Almudena -gracias, de verdad, eres mi GPS por Madrid, la garantía de que llegaré al sitio adecuado y no tiraré por la primera calle que se me ocurra-; Víctor Fernández Correas, que le dio una sorpresa a Pilar y Alberto González, su lector cero cero, como dice ella.

Almudena tenía algo que darnos a las dos, un detalle por parte de nuestra querida María José Moreno. No pudo acompañar a Pilar esta vez, pero nos tuvo en mente todo el tiempo. ¡Muchas gracias!


Precioso detalle de María José Moreno

Comida de trabajo de amigos.

Como nos quedaba tiempo después de comer, decidimos tomar el café en los alrededores de la Plaza Mayor, y allá nos fuimos, aunque sin Víctor, que se tenía que marchar. Sabéis que este año hay instalada una Feria del libro en ella. No sé si fue por la temprana hora de la tarde o porque la plaza es muy grande y las casetas están demasiado dispersas, pero el caso era que aquello no tenía movimiento. A esa hora solo vi a una autora firmando, algo que también me llamó mucho la atención, porque estoy segura de que muchos autores se darían tortas por estar firmando en Madrid en fin de semana. Me dije a mí misma que o esta Feria se vuelve a enfocar o poco futuro le veo. Ayer hacía magnífico en Madrid, apenas cayeron unas gotas, pero no había la fría temperatura de un noviembre normal. Debería estar lleno de gente y no era así. 

No me quiero imaginar esto en un noviembre de verdad.

Un posado en la Plaza Mayor

Un robado al lado del Mercado de San Miguel. Detrás de Pilar, un señor que se parecía a Unamuno.

Cuando se acercaba la hora, volvimos al punto de encuentro. Tengo que decir que El dinosaurio todavía estaba allí tiene bastantes cosas curiosas. La primera, que conserva la fachada del negocio que al parecer había allí en el pasado, una barbería, con un cartel trazado en los azulejos que recuerdan otros tiempos y otro Madrid. Lo siguiente, que es acogedor y coqueto, un sitio peculiar e interesante para este tipo de eventos, pero con tantos detalles particulares que necesito detenerme en alguno. Por ejemplo, que los baños son unisex -lo que me costó decidir entrar a uno-, que hay muchas estanterías con libros y unos sillones que parecen cómodos en la entrada para charlar. Conserva las baldosas de un suelo que debe de hacer más de medio siglo que no se fabrican y la decoración es personalísima, original de verdad. Pero también vi algo que no me convenció: barreras arquitectónicas que impiden que este espacio, en principio perfecto para eventos de este tipo, sea para todo el mundo.

(María, me acordé mucho de ti y de tu silla de ruedas, de haber venido habríamos tenido que recurrir a que alguien te ayudase a entrar.)

Me sorprendió mucho, la explicación de por qué los baños no tenían indicado nada con respecto al sexo, me pareció algo bien pensado y muy integrador, pero se desplomó cual castillo de naipes cuando cada dos pasos encontraba un escalón. No sé, supongo que no hay una normativa que diga que los negocios privados deben ser accesibles para todo el mundo y tampoco es que el local dé para más, pero me faltó que se hubiera pensado un poquito en las personas con dificultades motoras.

Habíamos dejado preparados después de la comida el escenario, los libros, la megafonía, así que poco más hicimos en esos momentos, hasta que la sala se fue llenando. Vaya si se llenó, dos o tres personas se quedaron fuera de pie porque no cabían. Pilar tiene lectores, no solo en Madrid sino en muchos lugares y muchos de ellos acudieron a la convocatoria. Algunos también la acompañaron desde Córdoba e incluso hubo también cuatro venezolanos. Contó con la presencia de unos cuantos blogueros y varias autoras (Marisa Sicilia, Rosa Sánchez de la Vega), y con Juan Carlos González Montes que entregó la Monteskine que sorteaba en su blog con la portada de la novela a la persona que le tocó, firmada por Pilar.

La presentación la empezó Pilar transformada en Raquel, leyendo un fragmento de la novela acompañada por música. Después la presenté yo a ella y, tras hacer un breve repaso por el resto de novelas que componen su biografía literaria, pasamos a hablar de Un café a las seis.

Decidí hacerle preguntas.

Mientras preparábamos lo poco que preparamos -es lo bueno de conocerse bien-, le dije que intentaría ser breve. Era su día, su novela, así que el protagonismo lo tenía que tener ella, así que busqué las palabras precisas para darle pie a que nos contara lo que quisiera. Animé al público a que preguntasen y la verdad es que son magníficos, porque lo hicieron. Entre todos, la novela fue puesta en primer plano, sin hacer spoilers porque aún hay gente que no la ha leído, pero también hablamos de Amazon, del concurso en el que ha participado destacando los dos meses que ha durado, de la autoedición, de cómo está la literatura actual y de nuestra forma de encarar las novelas, de ese pequeño grupo de autores que hemos ido creando casi sin darnos cuenta a nuestro alrededor y con el que colaboramos en todas las fases de creación de la novela. Hace cinco años se hablaba hasta en la prensa de la generación kindle, algo a lo que yo no veía más nexo de unión que el haber publicado en la misma plataforma a la vez. 

Ayer me di cuenta de que quizá nosotras pertenecemos a una generación, pero de esas que lo más probable es que no salgan en los libros de texto: un microcosmos literario de media docena de nombres unidos por lazos de amistad, preocupaciones comunes, edades próximas y que están publicando de manera simultanea. A veces con editorial, a veces no. Que han descubierto que presenciar la creación de tu propia novela es como un milagro, pero tener la oportunidad de ser testigo de excepción de la de otra persona lo es aún más.

La presentación la cerraba yo, tomando la voz de Raquel, leyendo un fragmento en el que se podía entender por qué la novela se llama Un café a las seis. Sin embargo, hay cosas que tú las planeas y después vuelan libres, y tras esa lectura siguieron las preguntas, como si no quisiéramos terminar ese momento mágico que estábamos viviendo.

Pero se tuvo que acabar, Pilar tenía que firmar libros y repartir esa sonrisa que se le puso en el rostro y que no se borró en ningún momento del día.

Después tomamos algo y nos despedimos, quizá con el pellizco en el estómago de saber que en muchos meses ninguna de las tres brujas (María José Moreno, ella y yo) tenemos un proyecto literario que presentar, que pasará algún tiempo hasta que nos llegue la hora. Confiamos en Víctor para que sea él quien tome el testigo esta vez y nos dé una excusa para sacar las escobas y volar para estar a su lado.

Me voy a tomar un respiro de eventos pues, un descanso que no tiene fecha de retorno. Un relax que iré extendiendo a todo menos a escribir. Es que tengo una historia a medias que me está gustando mucho y tengo que terminarla, creo que me podréis entender.


Una foto con la novela protagonista

Delante del dinosaurio




domingo, 29 de octubre de 2017

¿ERES ESCRITOR?


Escribir es un acto solitario de introspección, paciencia, tiempo y calma. Es un acto privado, íntimo y al que no le hacen falta espectadores hasta que se llegue al final del proceso de creación de la novela. Con esto no quiero decir que si tienes una persona de tu más absoluta confianza y con la que tienes una relación personal íntima, no le dejes ver en algunos momentos fragmentos de tus progresos. Puede ser bueno, útil y motivador, pero no es necesario en las primeras etapas.

Es más, creo que es hasta contraproducente.

¿A qué primeras etapas me refiero? Pues a los más o menos veinte años que se necesitan para llegar a medio dominar las herramientas de la escritura -palabras, ortografía, sintáxis, manejo de los signos gráficos- y a leer los libros que debe incluir en la maleta nuestro subconsciente.

Viene muy bien que nos haya pasado la vida un poco por encima.

Y mejor si has viajado, has bebido y comido en muchos lugares, porque entonces serás rico en paisajes, en olores y sabores que trasladar al papel.

Es esencial haberse enamorado y también conviene saber qué se siente cuando no te corresponden.

Hay que haber sentido el pellizco físico del dolor, la alegría en el alma, esa que te desborda cuando la vida te premia. Haber llorado por las cosas perdidas y por aquellas que mereciste perder.

Haber aprendido a ver.

Haber aprendido a escuchar.

Uno es escritor cuando, tras todo eso, escribe por pasión y publica. Pero hace falta más. Por ejemplo, saber que borrar es tan importante como guardar, que emocionar no es opcional, que es una responsabilidad que tus palabras se conviertan en cosquillas en los corazones de personas que ni siquiera te conocen.

Supongo que cabe preguntarse cuándo no es escritor, y voy a deciros lo que a mí me parece. Uno no es escritor cuando no ha escrito nada. No es escritor cuando se sienta sin planificar y solo llena páginas y páginas, sin brújula o sin mapa. O sin ninguno de los dos. Uno no es escritor cuando no es capaz de borrar una palabra porque todas sus frases le parecen el colmo de la maravilla. Uno no es escritor cuando dedica más tiempo a decir que es escritor que a serlo.

Uno no es escritor solo porque su nombre se haya impreso en la portada de un libro.

lunes, 23 de octubre de 2017

QUERIDO JOHN




Me acabo de asomar a tu catre y he visto que descansas. Se oye tu respiración pausada y no he querido despertarte, ahora que al fin has logrado dormir un poco. La jornada ha sido interminable y tan dura como todas desde que llegamos aquí, no pienso interrumpir este reposo que tanta falta te hace. Aquí el silencio apenas existe, solo es posible descansar a estas horas y de ningún modo quiero privarte de ellas. De día atronan las balas y los cañonazos, que se escuchan como si estuviéramos en primera línea de la batalla cuando el viento sopla del este. De noche, el aire se llena con los gemidos y los gritos de quienes nos llegan con la metralla sumergida en sus entrañas. Solo existen estos extraños minutos de paz y silencio hasta que Megan y Liz llegan con la ambulancia. A mí en estas horas los que me abruman son mis propios fantasmas. No se callan, aprovechan para torturarme, como si no fuera bastante tortura sobrevivir en el infierno. Me privan de ese descanso con el que te has encontrado hoy tú.

Esta madrugada pienso en ideales en los que ya no creo, en esa patria con la que nos vendieron un pasaje al horror. Es todo una mentira, enorme cuando el precio a pagar por defenderla son las vidas rotas que pasan cada noche por nuestras manos. Esas y las que se quedan en el barro a merced de las ratas.

Y las nuestras, que aunque menos expuestas al peligro, también se han perdido. Uno se pierde a sí mismo cuando deja de soñar.

Me decías un día que tú ya no soñabas y yo, inocente aun, te contesté que yo sí. Qué extraño y qué lejano suena. Soñaba con el sonido de un piano, con un paseo en París, con una comida con mesa y mantel. 

Y soñaba contigo... Justo lo que tengo, pero que nunca tendré. Qué paradoja, ¿verdad? Un año impregnándonos en el olor de la muerte nos ha convertido... ¿en qué?

Te tengo y ni siquiera te rozo, aunque mis manos te toquen y mi piel arda cuando la acaricias. Qué paradoja que a una descreída como yo, que reniega de que seamos algo más que un cuerpo, que no cree en ningún dios, haya acabado descubriendo aquí, donde se pierde la fe, que sí tenemos eso que tú llamas alma. Yo ahora lo sé porque siento la tuya. Me prestas cada día el alivio de tu cuerpo, me reconfortas con tus manos y tus besos, pero nunca me dejas llegar a esa parte de ti. Y siento que tu corazón está tan lejos de mí como ese Londres que ambos añoramos. 

No sé quién es ella, la que te tiene, pero créeme que la envidio. 

Ya escucho llegar a la ambulancia. Es hora de trabajar, de intentar salvar alguna vida. Destruiré esto que he escrito antes de despertarte, no es necesario que sepas que yo sí me he entregado a ti. Te he dado hasta esa parte que no creía que tuviera.

Mi alma.

Elsie.

Ypres
Junio, 1915
Puesto de primeros auxilios

lunes, 16 de octubre de 2017

MIRAR LA LECTURA CON OJOS DE ESCRITOR



Comentaba ayer con dos amigas escritoras, Pilar Muñoz y María José Moreno, que desde que escribimos vemos la lectura de una manera completamente diferente. Antes, cuando solo éramos lectoras, nos dejábamos seducir por la trama y era esa la que en gran medida condicionaba las sensaciones finales. Una historia cautivadora, un final espectacular, unos personajes con los que empatizásemos y listo.

Éxito en nuestro ánimo.

Sin embargo, desde que escribimos, muy poco a poco eso ha ido cambiando. Somos capaces de fijarnos más en la técnica, reconocemos la mano de un buen artesano de las palabras como el ebanista experto valora una pieza de museo. Los detalles, las sutilezas, las figuras literarias, todo eso que antes nos pasaba quizá un poco más de largo, ahora se hace un hueco en nuestra mente al leer y nos condiciona.

Y el decoro poético.

Puñeteras palabras, que cuando las desconoces no te dicen absolutamente nada, pero cuando eres consciente de ellas las arrastras por los libros y son capaces de tirarte abajo una lectura sin tener la más mínima compasión.

¿Qué es el decoro poético? Por si queda alguien que se libre de su tremendo influjo os lo defino: es una técnica literaria que consistente en la adecuación del nivel lingüístico a la posición del personaje. Por poner un ejemplo sencillo: un niño de cinco años tiene que hablar como un niño de cinco años.

Esto, que parece una obviedad, resulta que no es así en muchas de las novelas. De pronto te encuentras personajes que van de duros haciendo reflexiones infantiles, o personajes que se presuponen sin estudios y que hablan como si fueran filósofos con silla propia en algún sillón de la RAE. Y eso, que parece una tontería, nos destruye la lectura, porque desde ese momento somos incapaces de creernos el personaje, porque no dejamos de darle vueltas al tema y, al final, nos ha sacado de la trama principal sin que nos diéramos cuenta.

Esto es muy curioso, sobre todo cuando, después de pasarme, me doy una vuelta por las reseñas de tal o cual libro. Si son de autores desconocidos o casi desconocidos, es probable que en algún blog se haga mención a ello. Pero, ay, si se trata de gente consolidada... ¡jamás! ¿Quién podría en su tiempo estar tan loco como para reclamarle a Unamuno un leísmo? Pues ahora sucede lo mismo. ¿Cómo vamos a decir que tal autor de éxito hace que una novela nos desafine en el cerebro si todo el mundo la celebra como la obra maestra del siglo?

En fin, es lunes.

España arde por el oeste y tiene otro incendio en el este.

Y yo debería volver a la historia que estoy escribiendo. Esto solo ha sido la pausa del café.

domingo, 8 de octubre de 2017

FAROS (I)




Cierro los ojos frente al faro e imagino la historia de un barco que hoy busca su luz para esquivar las rocas. La tormenta de esta noche es de proporciones épicas. El barco está solo en mitad de las aguas, tan solo y aislado como la torre que vigila siempre desde la costa. Por su escalera de caracol sube el farero a la linterna. Se asegura de que todo funcione y, solo entonces, mira hacia ese mar embravecido que se ha empeñado esos días en mostrar su peor cara. Mientras, desde el buque, un marino ruega porque el farero esté en su sitio, vigilando que la lámpara no se apague.
Si él está ahí, será capaz superar la tormenta y sortear las rocas.
Como lo ha hecho otras veces.

#BuenasNochesConFaros

lunes, 2 de octubre de 2017

PREVIO PAGO DE SU IMPORTE

En esto se está convirtiendo escribir. El autor, en los tiempos que corren, se ve rodeado de toda una serie de personajes que buscan lucrarse con su trabajo. Y no solo eso, para mantener una imagen maravillosa debe decir que en esto no está para ganar dinero, sino porque le da la vida.

Ah, claro, que los escritores no comemos, no pagamos hipotecas ni se nos rompen los zapatos, porque no somos humanos, sino seres divinos con su sitio en el Parnaso...

Pues no, somos humanos y tenemos las mismas necesidades que todo el mundo, pero no sé por qué demonios tenemos que callarnos todo excepto las palabras que pongamos en nuestras novelas.

¿Estamos tontos?

Pues claro que lo estamos, y la gente que escribimos, definitivamente mal de la cabeza para aguantar lo que aguantamos últimamente.

Si trabajas con una editorial, el proceso es muy sencillo: aportas el texto, ellos lo revisan, vuelve a ti, se revisa lo que tú has revisado, te lo devuelven, das tu visto bueno y se pasa al siguiente proceso. Maquetación, de la que no te ocupas. Diseño de portada, que apruebas o no (al menos en mi caso siempre me han dado esta opción y las tres novelas han salido con la portada que yo he querido). Y, al cabo de un año, cobras. Más o menos, depende de las ventas, pero no pagas. Porque cualquier trabajo es o debería ser remunerado.

Es un derecho. El artículo 35 de la Constitución de 1978 reconoce a los españoles "el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia..."

Bueno, ya sabemos el poco peso que tiene la Constitución del 78 últimamente, no sé ni para qué la cito...

Si te autoeditas, resulta que en muchos casos lo que acaba pasando es que tienes que pagar por ver ahí tu trabajo. Entonces ya no sé si eres escritor o gilipollas (y que conste que me estoy incluyendo en lo segundo).

Pues ahora ha surgido un nuevo grupo que pretende tratarnos como más gilipollas aún, pero a todos, a los que tienen editorial y los que no: algunos reseñistas listos.

Como lo leéis. Ya no es solo que haya blogs que acudan a las editoriales para surtirse de libros que después jamás leen (algunos los reseñan sin leer, a juzgar por las tonterías que ponen), otros que después son capaces de vender estos ejemplares... ¡no! Ahora existe el nuevo modelo que te pide dinero a ti, el autor, para hacerte una mega fantástica reseña de tu obra. Incluso te pueden entrevistar y todo para un canal de YouTube.

Como si eso fuera salir en la televisión en la hora de máxima audiencia. Como si sirviera de algo.

Hace unos  meses tuve que aguantar mucho el tipo para no soltar un "vete a la mierda" con todas las letras al escuchar una de estas propuestas. Perdona, pero no.

Y no os creáis que este es un caso aislado, hace unos días recibí otra propuesta de este tipo. Me hacían un booktrailer para vender mi novela. ¿Pero eso vende? Perdonad, pero no, yo ya no soy tan novata en esta como para creérmelo todo. Contesté educada que se lo planteasen a la editorial, pero ¿cómo se lo iban a decir a ellos? No hay presupuesto para esto en las editoriales, eso es cosa del autor. ¿Perdona? Yo ya he puesto el texto, la promoción de las redes que es "asequible" aunque me robe mi tiempo. No tengo nada más que añadir. Yo tampoco tengo presupuesto para esto, no quiero participar en este chanchullo alrededor del ego que se han montado algunos, como me niego a dar de comer con mi trabajo a seudocorrectores licenciados en escuelas inexistentes, Community Manager aficionados, piratas y sanguijuelas varias que nos rodean a ver qué sacan de nosotros.

Si me lees, que sea porque lo decides, y si no me lees, pues genial.

No te voy a poner una pistola en el pecho y tampoco voy a perder la dignidad.


domingo, 24 de septiembre de 2017

ESCRITOR O NOVELISTA



Nunca me había parado a pensar en la diferencia entre estas dos palabras hasta que un amigo, Roberto, me dijo.

"No es lo mismo un escritor que un novelista."

Fue tan contundente, lo soltó tan convencido que desde entonces -quizá hace años que tuvimos por primera vez esa conversación- de vez en cuando le doy vueltas. Hace un rato, mientras fregaba los suelos, he estado pensando en ello. Hay gente que reflexiona delante de un lago sereno mientras tira piedrecitas al agua, o mirando a las estrellas en un cielo despejado, pero yo no tengo tiempo y lo suelo hacer cuando acometo las tareas de la casa, que me llevan un montón de rato y son un tostón. En una pausa, -que me he tomado porque me aburro-, he ido al diccionario, para ver si coincidían las definiciones de ambas, puesto que muchas veces las usamos como sinónimos. Esto es lo que dice:

Definición de escritor: "Persona que se dedica a escribir obras literarias".
Definición de novelista: "Persona que escribe novelas".

Si nos quedamos en esto, un escritor abarcaría todas las ramas de la literatura, todos los géneros sin constreñirse a la narrativa y, más en concreto, a uno de sus subgéneros, que es la novela. Además, si analizamos lo que pone en la definición de escritor, hay una palabra, "dedica", que quizá pueda aportar el matiz de vivir de ello. O sea, un escritor escribe lo que le da la gana y además vive de ello. Vale, sé que es un pensamiento simple, pero los vapores de la lejía es lo que tienen, que atontan un poco.

Fregona en mano, me he puesto a pensar si habría más escritores que novelistas porque, claro, al abarcar todos los géneros, en teoría tendría que incluir a poetas, dramaturgos y ensayistas, no solo a los novelistas. Sí, definitivamente, escritores debe de haber muchos más que novelistas. Todos los novelistas son escritores, aunque no todos los escritores sean novelistas. Pero cuando escurría el mocho, me ha venido otra idea a la cabeza. No puede ser. Si le añadimos el matiz de dedicarse a ello por completo, entonces todo cambia. Habría muy pocos escritores, porque poca gente puede ganarse la vida solo de escribir.

Eso es así, lo tengo más que comprobado.

He seguido a lo mío, pensando y limpiando, y entonces me he ido a la otra  definición, mientras trasladaba el cubo de la fregona a otra habitación. Novelista es el que escribe novelas, no dice nada de publicarlas, así que igual hay millones de novelistas por el mundo y superan al número de escritores. Pueden tenerlas en sus cajones guardaditas. O quizá publicarlas sin dedicarse a ello...

Así que ahí he estado un rato, dándole vueltas, aunque a decir verdad lo que él me dijo que diferencia a un escritor de un novelista ni está en estas definiciones ni en mis reflexiones fregona en mano. Son suyas y le dejo que sea él quien os las cuente.

Si quiere, que casi seguro que no querrá.

Me voy a seguir, me queda un rato para terminar y se me han acabado la excusas...

jueves, 21 de septiembre de 2017

LA IMPRESIÓN QUE PERMANECE


Una vez más vuelvo para registrar un fracaso lector. O más bien las circunstancias alrededor de ese fracaso porque, como siempre, no diré título. No es cobardía, puedo defender por qué no me ha gustado una novela con argumentos sólidos, pero en este caso sería muy injusta: no he pasado de la cuarta línea.

No tengo ni idea de la trama, ni me interesa.

¿Cómo es posible que mi listón de exigencia se haya visto interrumpido tan pronto? Eso me llevo preguntando un buen rato, intentando dilucidar si me he vuelto loca de remate o una anciana cascarrabias que no soporta de ninguna manera cualquier incorrección, aunque esta sea un pelo que se ha escapado de un apretado moño, una motita de polvo en el hombro o una miserable miguita sobre la alfombra.

Tengo restos de palomitas de caramelo en el teclado del portátil, me da que no es eso.

Esto no es una mota o una miguita, es la base. Los cimientos que han sufrido un cataclismo de 8 en la escala de Richter al encontrarme una expresión absurda. He mentido un poco, sí he continuado leyendo unas líneas, lo justo para pasar página en el Kindle y he visto otra peor que la anterior. La decisión que estoy segura que había tomado en la línea cuatro la he ratificado y he mandado a paseo el libro. Sin contemplaciones. Esto se lo paso a un niño de ocho años. A uno de nueve ya no.

A alguien que se atreve a publicar esto, menos.

Y que no me diga que esto es una metáfora que no he entendido, llevo toda la puñetera vida explicando qué es una metáfora y esto no lo es. Esto es ese tipo de lenguaje engolado y pretencioso de quien no se ha enterado de que escribir consiste en contar una historia de la mejor manera que se pueda, sudando cada palabra, cada expresión para que transmitan emociones, que en eso consiste la literatura... pero que se entiendan. Que las entienda alguien más que uno mismo, que no suenen como si nos quedasen todos los cursos de la ESO por terminar.

No puedo contaros de qué va el libro porque en cuatro líneas no me ha dado tiempo a saberlo. No lo he comprado, porque adquirí la sanísima costumbre de descargar fragmentos de novelas antes de comprarlas, no fuera a ser que me pasara esto y, lo siento, pero no tiro ya más euros.

Esta no era una novela de las que quiero leer, de todos modos, solo una de esas sugerencias que te llegan al correo y a las que a veces hago caso. Porque a veces me descubren gente maravillosa, como me pasó con Elena Fuentes (por cierto, enhorabuena por ser Finalista en el concurso de Amazon con El legado de Ava). Otras, sin embargo, acabo preguntándome por qué todo el mundo piensa que escribir un libro es tan sencillo como abrir un Word y liarse a poner palabras unas delante de otras. Hace falta ritmo, duende y un dominio de las herramientas del escritor: sí, las palabras. Su significado connotativo y denotativo, las figuras literarias, los giros, las expresiones, los latinismos y los latinajos...

Esto es una vida de aprendizaje que no termina jamás.

Lo digo y lo repetiré hasta que me sangren los dedos al teclear: que no te dominen ellas, que las domines tú. Que no acaben diciendo lo que quieren sino lo que tú deseas. Que no se inventen metáforas que solo entiendes tú, porque entonces no es una metáfora. Es la peor tarjeta de presentación.

Y, ya se sabe, la impresión que se causa la primera vez es la que permanece.

lunes, 11 de septiembre de 2017

HOY HE SOÑADO CONTIGO

Hay sueños que dejan la huella de una historia. A veces loca, a veces cuerda, a ratos inconexa y otros tan clara que te parece que son más ciertos que la misma realidad.

Otros, ni siquiera recuerdas qué paso. A medida que te despiertas, las imágenes se vuelven difusas, las palabras se esconden en algún lugar inaccesible de la mente y es imposible rememorar qué fue lo que has soñado.

Hoy ha sido uno de esos días.

Si me lo pregunto, no puedo saber qué sucedía en el sueño que estaba teniendo justo antes de despertar por la mañana. Ni un registro de dónde estaba, ni de la secuencia de los hechos. Nada. Como cada día se ha ido borrando poco a poco y, pese a mi esfuerzo por recomponer la historia, esta se ha perdido en el laberinto de lo que no recordamos.

Menos un detalle.



Sé quién estaba conmigo en ese sueño. Puedo recordar su tacto, sus piernas gorditas, sus manos diminutas y su leve peso encajado en mi cintura, pues lo llevaba cargado en brazos. Eso es lo que recuerdo. Mi bebé. Hoy, pese a estar dormida, he sentido plenamente su olor de niño. Ha sido como si esta noche hubiera abierto el almacén de la memoria por una estantería del año 2000 y me lo hubiera traído conmigo, en una explosión de sensaciones que han sido tan vívidas como si fueran reales.

Si cierro los ojos y me concentro, todavía siento en mis manos la suavidad de su piel.

No puedo recordar mi sueño, pero llevo todo el día arrastrando su nostalgia, mirando al joven (guapo, alto, moreno) en el que se ha convertido y recordando ese bebé sonriente y feliz que me miraba como si no hubiera nadie más importante en el mundo. Que se dormía solo entre mis brazos y que se ponía histérico si lo soltaba.

Hoy he soñado contigo, hijo.

Quizá he soñado que volvías a ser pequeño porque me cuesta mucho aceptar que te haces mayor. Que un día, no tardando mucho, te acabarás marchando de casa.


viernes, 8 de septiembre de 2017

LA LUCHA DE JAN DE LAURA SANZ



Sinopsis:

Han pasado ocho meses desde que Jan Landvik, antiguo campeón de MMA, se vio forzado a tomar una decisión: entregarle un año de su vida a Bajram Sejdiu, participando en su circuito de peleas ilegales para poder hacerse cargo de las deudas de juego de su hermano pequeño. Siempre dispuesto a sacrificarse por los que ama, no contaba con que esta vez el precio a pagar iba a ser muy alto… demasiado alto.
Inmerso en esa nueva y destructiva forma de vida, alejado de su familia, endurecido por las circunstancias y tratando de sobrevivir en un ambiente violento… Jan ha comenzado a convertirse en un hombre sin escrúpulos.
Pero el destino, a veces ingrato a veces cruel, va a poner en su camino a una mujer  que necesita desesperadamente ser rescatada.
Y eso… va a cambiarlo todo.

Mis impresiones:

Sabéis que Laura Sanz y yo compartimos origen alcarreño, por lo que nos hemos visto algunas veces y tenemos buena relación, pero voy a decir una cosa: la odio. Escribe unas historias tan envolventes que hace que cuatrocientas y pico páginas te sean más fáciles de leer que cien de otros autores. Que te den las tantas de la madrugada -cuando al día siguiente hay que madrugar- y tú sigas ahí, pegada a estos personajes que se saca de la manga, de los que es imposible no enamorarse.

¿No os parece odiosa?

Hace que cuando leo lo que escribe se me olviden la hora, las prisas, las citas, dormir, planchar... contribuyendo a que mi vida se vuelva aún más caótica de lo que ya es por sí sola.

Y eso que yo la leo con un handicap, el del lector cero que tiene que estar atento a la forma, a que los giros en la trama no se metan en laberintos, a que no haya cabos sueltos o momentos en los que la verosimilitud se tambalee. A que ninguna la palabra se tome la libertad de significar a su antojo o que ninguna letra equivoque su lugar. Es igual. Ni siquiera eso es capaz de frenarme y a veces me he tenido que dar la vuelta para revisar alguna escena en la que literalmente se me había olvidado que esa era mi misión.

Solo estaba disfrutando de lo que me había puesto ante los ojos.

Leí esta historia tiempo antes de que se publicase y desde ese momento supe que la reacción que iban a tener las lectoras de este libro sería tal y como ha sido: espectacular. Derechito al número 1 sin trampa ni cartón, sin más estrategia que la de escribir una buena historia y hacerlo respetando profundamente al lector. Corrigiendo hasta la extenuación y ofreciendo un producto de calidad. Laura, en eso es como yo, es perfeccionista hasta la médula y siempre quiere aprender. Y es una esponja.

¿Pero qué cuenta La Lucha de Jan?

Esta novela es la segunda de la trilogía de los hermanos Landvik. El protagonista es Jan, el mayor de todos. En La historia de Cas lo conocíamos y, contrario a lo que sucedía con Till, el pequeño, dejaba buenas sensaciones. Ganas de saber mucho más y de lo que le depararía ese futuro que tenía pensado Laura Sanz para él. A pesar de su aspecto, tatuado, rapado, con rastros en el rostro de haber sido luchador, Jan emanaba humanidad. Por culpa del pequeño Till, en la primera novela se veía obligado a saldar una deuda.

Todo para proteger lo que él considera más importante: la familia.

Jan es conocido como Eismann en el circuito de MMA, un hombre tan frío como su apodo, pero eso es algo que cualquiera que lo conozca un poco sabe que no es más que una pose, que se refuerza por su físico imponente. Además de luchar, para terminar de una vez por todas con su deuda decide actuar como matón a sueldo. Un día, en el club de Bajram Sejdiu, se encuentra con una mujer que le cautiva. No sabe hasta qué punto Oksana Novalnyova va a jugar un papel decisivo en su vida y cómo una ucraniana de 20 años se colará en el corazón de este solitario alemán de 34. Ese día solo es capaz de pensar que le recuerda a Blancanieves (en alemán, Schneewittchen).

Cómo acaban juntos no os lo voy a contar, hay que leer. Para el personaje femenino será una experiencia difícil y para él, además, sorprendente. Oksana es dura, no derrama una lágrima y esa fortaleza conmueve y cautiva a Jan, que es muy protector. No necesita mucho tiempo para darse cuenta de que por ella será capaz de hacer cualquier cosa.

Y hasta aquí puedo leer... digo escribir...

Laura lo cuenta muy bonito, introduciendo las descripciones justas que sitúan al lector y los diálogos que nos permiten conocer a los personajes por sus acciones. Dibuja el ambiente sórdido de los clubs y utiliza como temas de fondo la trata de blancas y las luchas clandestinas. La autora usa dos narradores, uno para lo que es la novela y otro para el diario de Oksana, donde realmente iremos conociendo a este personaje en profundidad. El diario, como todo diario normal que se precie, está en tercera persona y con partes en presente y otras en pasado. La narración del resto de la novela se la deja a un narrador omnisciente en pasado.

¿Por qué os recomiendo leerla?

Si vuestro género es la romántica, porque hace soñar. Porque a pesar de la dureza de algunas escenas, tiene otras muy bonitas y sin necesidad, en ningún momento de echar mano del bote de azúcar. Y está bien escrita, eso no me voy a cansar de decirlo. Hay una evolución en Laura Sanz, de novela en novela, que me está encantando ver en primera persona.

Y también os recomiendo que la compréis, no la pirateéis, por favor: Laura tiene que alimentar a tres gatos.

Podéis conseguirla aquí.




martes, 5 de septiembre de 2017

HASTA QUE LLEGASTE A MI VIDA DE BEATRIZ MANRIQUE



Sinopsis:

Charlotte Gallagher se encuentra en un baile ante la mirada de los demás invitados y de la poca familia que le queda. Su hermanastro Edward quiere obligarla a casarse con un hombre al que no ama mientras la presiona para que finja estar feliz ante su inminente compromiso con lord Sidmouth. Charlotte se siente sola y atrapada. No tiene a nadie a quien acudir y le horroriza la idea de contraer nupcias con un hombre al que desprecia. Desesperada, se aleja de la gente en busca de un respiro y, sin esperarlo, se encuentra con Alonso, un agente español al que no dudará en utilizar para alcanzar su ansiada libertad.

Una novela ambientada a finales de siglo XIX entre España y Estados Unidos, en la que se respira el ambiente del Madrid decimonónico y en la que el amor tendrá que luchar contra la desconfianza, el espionaje y los intereses personales.

Mis impresiones:

Antes de empezar este comentario quiero hacer un pequeño inciso. Si os fijáis, jamás pongo datos técnicos de las novelas que atraviesan el espejo. Eso tiene una intención, la de no hacer ninguna distinción entre novelas autoeditadas y novelas que llevan detrás un sello editorial. En ambos casos se pueden encontrar buenas y malas novelas, pero en el espejo no. En el espejo, en mi espejo, solo las que a mí me satisfacen. Y eso, desde luego, es independiente de los avales con los que vengan.

Dicho esto, empiezo con la novela de Beatriz Manrique.

La llevo viendo desde que se publicó, pero no fue hasta el otro día, cuando HQÑ puso 109 novelas en oferta (incluidas dos mías) cuando la compré. La verdad que fue a la desesperada, porque llevaba a mis espaldas una decena de abandonos (bueno, en medio leí un relato que descargué gratis y solo lo leí porque era corto, porque malo era un rato). Cuando vi esta novela en Twitter me acordé de que hacía tiempo había leído la sinopsis y me había llamado la atención y no lo pensé más.

Descargué la muestra...

Ya, ya sé que es lo que debería de haber hecho con las otras, pero a veces no controlo mis impulsos, hago cosas sin pensar aunque sepa que pueden traer consecuencias (negativas), pero qué le vamos a hacer. Estoy viva y a veces voy con tanta prisa que se me olvida lo básico. Después de tanto abandono, recordé que esto se puede hacer, así que allá fui.

No llevaba ni dos páginas cuando me di cuenta de que, con Hasta que llegaste a mi vida no habría sido necesario tomar precauciones. La narrativa de Beatriz está a años luz de todo lo que había leído esos días. La historia me resultaba atractiva y, sin darme cuenta, había terminado el fragmento. La compré desde el mismo kindle y continué la lectura.

La historia arranca en Londres, en 1874, en un baile. Charlotte, la protagonista, quiere escapar de una situación incómoda, el matrimonio de conveniencia que ha planificado su hermanastro con lord Sidmouth, un hombre al que detesta con todas sus fuerzas y que es mucho mayor que ella. Charlotte, desesperada, encuentra en Alonso, un espía español que está en la fiesta porque recaba información para los partidarios del príncipe Alfonso (futuro Alfonso XII) para que este ingrese en la Academia Militar británica de Sandhurst. Alonso es comprometido por Charlotte y, para mantener el honor, solo tiene dos opciones: batirse en duelo con Eduard, el hermano de la muchacha, o casarse con ella. No os cuento qué es lo que hace que se decante por el matrimonio, es mejor que lo descubráis.

La relación entre los dos protagonistas no empieza bien. Él está dispuesto a hacérselo pasar mal, porque con el chantaje le ha tirado su vida personal (complicada) y ella tampoco es que sea muy simpática con su marido, pero están dispuestos a aguantar un tiempo juntos y, pasado este, solicitar la nulidad por no haber consumado el matrimonio. Sin embargo...

Lo leéis.

Me ha hecho disfrutar, es ágil, hay pinceladas de la historia de finales del siglo XIX en España y escenarios que recorren Gran Bretaña, Madrid y Boston. No me ha durado apenas y me ha dejado buenas sensaciones y ganas de leer algo más de Beatriz. Me han recomendado encarecidamente Un sombrero en el corazón, así que haré caso.

Si os apetece, está en oferta durante este mes. En Amazon por 0,94€. Lo podéis conseguir aquí.

sábado, 2 de septiembre de 2017

PREMIO ROMANTIC EDICIONES

Ayer me enteré de que el II Premio Romantic, de Romantic Ediciones había quedado desierto. En un escueto comunicado, que podéis leer aquí, se daba la noticia.

No es la primera vez que un premio de novela romántica queda desierto, de hecho, si no recuerdo mal, pasó lo mismo con el Titania. Esto me ha hecho pararme a pensar qué es lo que está pasando. ¿Cómo es posible que un género en el que cada vez se publica más convoque premios que al final quedan desiertos? ¿No es un poco extraño? ¿No es contradictorio? ¿No debería ser lo contrario, que costase encontrar un ganador entre tanta novela escrita?

El año pasado leí varios post en los que se especulaba con que el problema era la dotación económica. Se decía que esa podía ser la causa de que el premio se dejase desierto. Quizá si era demasiado alto y por otras ediciones habían constatado que no se recuperaba la inversión con las ventas, la editorial hubiera preferido dejarlo desierto y no arriesgarse a perder dinero. Es un pensamiento lógico, al fin y al cabo el mundo editorial es, ante todo, un negocio. Si no cuadran las cuentas, si se pierde dinero, el invento se va al garete. No está el mundo para tirar cohetes ni dinero por la ventana. Por tanto, aquellos rumores tenían una base razonable en la que apoyarse, aunque a mí no me consta que fueran más allá de eso: rumores. Se extendieron, pero ya se sabe, "la verdad es siempre menos interesante que una mentira bien adornada", así que lo dejé ahí, en el baúl del millón de cosas que leo al mes, sin darle mucho crédito.

Sigo sin dárselo del todo, que conste, pero supongo que el decir que es culpa del dinero deja de lado la otra posibilidad, la que a mí me parece mucho más real. La que tiene que ver con el talento. Ayer, al leer el comunicado de Romantic, pensé más en calidad. Siento con toda mi alma decirlo, pero creo que cada vez hay menos en el género. Las historias se repiten y, al menos para mí, falta también escritura. Es verdad que a muchos lectores parece últimamente que la calidad les importa muy poco, pero las editoriales tienen un prestigio que mantener. Un listón mínimo, un nivel que, de bajarlo, repercutiría en el resto de su catálogo. Entiendo que se opongan a que este descienda. Que no publiquen a cualquiera y que tampoco premien sin estar seguros del todo de que eso no será mala prensa para ellos.

Os voy a contar algo.

Hace un par de años fui invitada a hablar en una mesa sobre premios literarios. También hay otro rumor que dice que siempre están dados de antemano. En eso yo tengo que decir que, por lo que a mí respecta, a mí no me conocía ni Dios, así que no sé por qué me lo iban a dar cuando quedé finalista en el HQÑ. De eso se habló mucho tiempo en esa reunión, de "enchufes", pero en esa mesa no se habló de otra cosa de la que yo sí quería hablar. No lo hice porque me advirtieron de que, de hacerlo, podría repercutir en las ventas de mis libros. Iba a tocarle las narices a algunos egos, en este mundo hay muchos y yo tenía una novela en lo más alto de todos los tops. No convenía dañarla, pero ahora no estoy en esa situación, así que creo que ya es tiempo de hablar. Quería hacerlo porque creo que es la causa de que estos premios se queden desiertos: hay que ser mucho más críticos con nosotros mismos. Parece una gilipollez, pero me estoy encontrando con que no lo es, que la crítica siempre es hacia los demás, pero no sabemos ver vigas en nuestros ojos o transatlánticos del tamaño del Titanic. Eso si, una mota en el ojo de otro la vemos como si llevásemos un microscopio de aumento y corremos contarlo. Sobre todo en Goodreads...

Si vamos a presentarnos a un concurso, lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos si la historia la leeríamos de no ser nuestra o la dejaríamos en la página tres. Yo he sido jurado muchas veces, sobre todo de relatos, y he alucinado con lo que te encuentras. ¿Cómo puedes pretender ganar un premio si el sujeto de la primera oración lo pones en singular y el verbo en plural? ¿Cómo puñetas crees que vas a llegar lejos si confundes la uve con la be? Eso lo he visto, me han fallado haches y otras se habían evaporado y, lo siento, pero un escritor tiene que manejar sus herramientas, las palabras. Si no lo hace, a mí ya no me vale, por mucho que la historia que me cuente sea hiper mega súper bonita: ya no hay magia. Ya no hay premio. Yo no puedo, mi conciencia me lo impide, premiar a alguien que no sabe distinguir lo básico (ojo, no hablo de erratas, sino de errores, de los gordos, de los que hacen sangrar los ojos. Una errata se le escapa a cualquiera).

Creo que es ahí donde hay que buscar ese premio desierto y donde hay que pararse a pensar qué es lo que ha pasado. Y para quienes se hayan presentado y no han pasado la criba, con más razón, porque han sido leídos por profesionales. No vayáis corriendo a Amazon a publicar la novela, dadle una vuelta.

Os estaréis haciendo un favor, y de paso un favor a este género.

LIMPIEZA DE KINDLE



Hace unos meses, lo que he estado haciendo esta noche me habría causado un tremendo cargo de conciencia. Sé que escribir una novela lleva su tiempo, un esfuerzo enorme para que todas las piezas del puzle que la compone acaben encajando. Lleva, además, sueños, esperanzas, deseos que a veces llegan desde la infancia.

¿Quién soy yo para desmontar los sueños de nadie?

Por eso no hago reseñas negativas, porque no me siento con la suficiente autoridad como para tirar de un plumazo el trabajo de otro. Lo que leo y no me convence me lo guardo y en ese silencio está mi crítica: mejora. No hay más, porque aunque yo pueda saber dónde están los fallos de cada libro, no soy quien para dar lecciones a quienes no me las han pedido. Pero ayer, después de acumular diez fracasos lectores, decidí que una cosa es hacer una crítica en público y otra muy distinta ser condescendiente en lo privado. Ser demasiado buena incluso para no tomar la decisión de borrar de mi kindle algunos libros que no se merecen, por supuesto, ese calificativo. A lo sumo son textos escritos. Punto.

Ayer me harté de empezar historias sin pies ni cabeza y he tomado una decisión. Ya no le pienso dar un 10% de cortesía a nada. Mi cortesía se acaba en la página tres y, en casos extremos, como los que me encontré ayer, incluso en el primer párrafo. No pienso leer a un narrador que no sabe nada más que soltar frases hechas, o a otro que no se ha tomado la molestia de suprimir repeticiones. Me niego a perder mi tiempo con escritos que ni siquiera han pasado el corrector ortográfico del procesador de textos (hay que ser vago para no pasárselo y tener una cara impresionante para publicarlo encima). Mi tiempo vale más que el tratar de entender una historia que se va contradiciendo párrafo tras párrafo, o aquella otra que se agarra como una garrapata a los clichés del género porque sabe que hay gente que compra libros (y los lee) que no es capaz de soportar que no le cuentes la misma historia de siempre cambiándole los nombres a los personajes. ¿Para qué vamos a esforzarnos en ser originales? ¿Para qué vamos a escribir un poquito bien? (No digo que lo llenemos todo de adjetivos, eso no es escribir bien, eso es ser un novato y no saberlo. Hablo de claridad, de que seamos nosotros los que dominemos a las palabras y no ellas las que acaben llevando al lector al abismo de la desesperación porque no entiende nada).

Yo ya no tengo más paciencia.

Para leer la misma historia una y otra vez, leeré lo que ya leí y me gustó y dejaré de perder el tiempo.



martes, 22 de agosto de 2017

LA CONFIANZA



Paseó sus dedos por el jarrón de la entrada, mientras aguardaba a que Ana se terminase de vestir en la planta de arriba. Su amiga era así,  jamás era capaz de estar preparada a la hora que quedaba. Clara casi había olvidado la rutina de esperarla mientras se maquillaba, aunque la verdad era que no le importaba mucho. La tardanza de Ana compensó a Clara muchas veces. Todos los chicos se volvían para admirar su exótica belleza en cuanto entraban en los locales de copas y eso siempre había sido genial porque cada noche solo podía decidirse por uno de ellos. Entre el montón de rechazados siempre quedaba alguno que acababa charlando con Clara y se convertía en su conquista del fin de semana.

Sin haberse esforzado nada.

No era que Clara no fuera guapa, pero le daba mucha pereza pasarse el tiempo decidiéndose por un modelito y no tenía ni idea de maquillarse con el estilo de Ana. Junto a ella apenas llamaba la atención. Prefería recoger lo que su amiga iba descartando, sin importarle demasiado. Así, una noche, había conocido a Rafa, un tipo interesante con pinta de intelectual despistado que había cambiado su vida. Ana se decantó por un rubio alto, de cuerpo musculoso y ojos verdes, y Rafa acabó siendo consolado por Clara. Entre ambos surgió una historia que llevaba casi un año de recorrido. Esa noche, Ana le había pedido a Clara que recordasen viejos tiempos y había quedado con ella de nuevo. Le pareció buena idea porque llevaba varias semanas sin salir apenas. Rafa estaba preparando unas oposiciones que se aproximaban y muchos fines de semana se excusaba con ella, que no tenía más que hacer que leer un libro o ver alguna película en la televisión.

El plan de Ana llegó como algo inesperado, unos momentos de diversión que le estaban haciendo falta.

Clara seguía acariciando aquel jarrón, cuando notó en la yema de su dedo una pequeña irregularidad que apenas se veía. Acercó la cara a la superficie y allí estaba, una señal diminuta de que en algún momento se había roto y alguien se había molestado en pegarlo, poniendo todo su empeño en minimizar el daño.

Sonrió.

Apenas se veía, pero era innegable que aquel hermoso adorno se había roto alguna vez.

En esos pensamientos andaba sumida cuando Ana bajó las escaleras, tan elegante como siempre. Su plan era ir a cenar a un restaurante, para contarle algo importante, y después ir a tomar un par de copas. Le había prometido que aquella noche de invierno no habría chicos, que estarían juntas unas horas y después se irían a casa como niñas buenas. A Clara le pareció bien, al fin y al cabo ella tenía a Rafa y ya había pasado el tiempo de hacer tonterías.

"Es una sorpresa", le dijo Ana, misteriosa, cuando le preguntó cuál era el asunto que se traía entre manos.

La cena, en un restaurante del centro, fue entretenida. Se pusieron al día sobre sus trabajos y sobre lo que hacía que no se veían y estuvieron riéndose de anécdotas del tiempo en el que cada fin de semana salían dispuestas a romper corazones. Bueno, Ana rompía unos cuantos y Clara se dedicaba a recoger los pedazos de alguno de ellos. Se acordó del jarrón. Su misión era la del pegamento, unir la herida y que aquella cicatriz diminuta del rechazo no se notase. Le hizo gracia su propio pensamiento y sonrió, pensando también que aquellas historias sonaban lejanas, aunque solo hubiera pasado un año desde que no practicaban ese juego.

Ana miró el reloj varias veces y, a las diez se disculpó un momento para ir al baño a retocarse el maquillaje. Clara se quedó en la mesa y se sirvió la tercera copa de vino, jurándose que sería la última. Comenzaba a sentir los efectos de licor en su organismo y, aunque sabía que volvería en taxi a casa, no quería parecer idiota cuando no acertase a meter la llave en la cerradura. Se estaba riendo ella sola, imaginándose la situación, cuando notó que su teléfono vibraba en el bolso, que estaba colgado en la silla. Lo sacó y vio que había un mensaje. De Ana. Lo abrió y constató que era una fotografía. Ana se acababa de hacer un selfie con Rafa y tenía que haber sido en ese momento porque iba vestida exactamente igual que cuando se había levantado de la mesa. De hecho, hacía un rato que había visto ella misma la planta que tenían detrás de ellos en el restaurante.

Clara se dio la vuelta y miró hacia la zona de la entrada, donde recordó que estaba la planta. Ana le había dicho que guardaba una sorpresa. Tal vez era eso, que Rafa había decidido dejar de estudiar un poco y acompañarlas a tomar algo. Se arrepintió de no haberse puesto más guapa, tal y como había hecho Ana.

Un instante después, los ojos de Clara tropezaron con los de Rafa y a él le cambió la cara. Desde luego, si se trataba de una sorpresa, él se la acababa de llevar, porque se quedó blanco. Era evidente que no esperaba a Clara en el restaurante. Ana, sin embargo, seguía sonriente, como si no pasara nada.

Ambos llegaron a la mesa y durante unos tensos minutos, Rafa no supo qué decir. Ana fue la que habló sin parar de la casualidad -y subrayó la palabra- de habérselo encontrado. Él intentó disimular, pero Clara le conocía lo suficiente como para darse cuenta de que lo estaba pasando mal. No la esperaba, no esperaba a su novia aquella noche en aquel restaurante, no hacía falta ser muy lista para darse cuenta. Rafa se tomó una copa con ellas y balbució una disculpa, que tenía que volver a estudiar, y se marchó. En cuanto estuvieron solas, Clara preguntó a Ana:

-¿A qué ha venido esto?
-Lleva meses intentando quedar conmigo. Ya no sabía cómo decirle que no. Ni tampoco cómo decírtelo a ti.

La tormenta que estalló fue de dimensiones épicas. Clara, incapaz de razonar, vomitó la rabia que sentía en aquella mesa de restaurante, llenando los oídos de los comensales de las mesas vecinas de palabras tan broncas como su estado de ánimo. Ana aguantó el chaparrón como pudo y, cuando Clara se tranquilizó, le dijo que pagaría la cuenta, que se marchase. Quizá en casa se podría calmar y ya hablarían al día siguiente.

No pasó.

Clara se marchó, pero no volvieron a verse en meses, aunque Ana intentó hablar con ella muchas veces. Clara no quiso escucharla, aunque sí lo hizo con Rafa, que desde la primera noche le contó otra versión de la historia, una que hablaba de la incapacidad de su amiga de aceptar que la hubiera elegido a ella hacía un año.

"Tiene demasiado ego para admitir que no fue ella la que me rechazó, sino yo", le dijo.

Y después Rafa besó a Clara, la llenó de promesas y de palabras, cubrió su cuerpo con caricias y ella, vulnerable al dolor que había supuesto la traición de la que había sido su amiga durante toda la vida, se aferró a sus manos para no hundirse. Se quedó a su lado y espantó los recuerdos de una amistad que había durado casi una vida.

Olvidó.

Hasta aquella tarde de otoño en la que Clara regresó a casa de su amiga.

El jarrón seguía en el mismo sitio. La grieta continuaba allí, visible para quien se fijase un poco. Clara lo miraba mientras esperaba a que Ana bajase por la escalera. Mientras paseaba sus dedos por la superficie, tragó saliva; después debería tragarse el orgullo y pedirle perdón a su amiga. No había sido Ana la que le mintió aquella noche, sino Rafa. No era ella la que había traicionado a su amiga. Había un ego herido en esa historia, sí, pero no era el de Ana, sino el de su novio, que nunca había aceptado en realidad que Ana no lo eligiera.

Había tardado mucho en darse cuenta de que ella solo había sido el modo de Rafa para poder estar cerca de Ana.

Aquella noche, en el restaurante, su relación se estrelló contra el suelo, como le había pasado a aquel jarrón. Le pusieron pegamento, pero quedó una huella que no habían podido ignorar. Clara tomó el adorno entre las manos y al hacerlo notó que por detrás había muchas más grietas. Lo dio la vuelta. Las más profundas, se habían ocultado a propósito, como ella había intentado guardarse los temores que asaltaron su ánimo cuando vio empalidecer a su novio al verla en el restaurante. Aquel jarrón estaba vuelto para disimular sus imperfecciones y, a simple vista, parecía normal.Era lo mismo que había hecho ella con su historia de amor. Le dio la vuelta, ocultó que estaba rota de sus propios ojos para ignorar el dolor. Pero no era verdad, ese día se hizo añicos la confianza que un día Clara había tenido en Rafa.

Y una confianza rota no se puede recuperar.

Había ido a ver a Ana con la esperanza de que, con ella, siguiera intacta.




lunes, 7 de agosto de 2017

ESCRIBIR BAJO SEUDÓNIMO

No sé si alguna vez lo he dicho, pero escribo bajo un seudónimo. No fue intencionado, la realidad es que vivo bajo un seudónimo desde que nací, pero no lo sabía. Ni siquiera me lo había planteado hasta que fui a registrar mi primera novela en Cultura, en Segovia. La funcionaria que me atendió me dijo que tenía que volver a poner una portada en la novela con mi nombre real y debajo de él el seudónimo, ya que Mayte Esteban lo era.

Vale, yo sabía que no es mi nombre, no soy tonta, pero no se me pasó por la cabeza que poniendo mi diminutivo en lugar de mi nombre del DNI estaba usando un seudónimo.

Hoy me he puesto a pensar por qué se usan los seudónimos (cuando se hace de manera consciente, claro, lo mío no vale). Lo más frecuente es que una persona que firma con un alias lo haga para mantener su identidad a salvo, oculta a los demás. Pero ¿por qué? Buceando por la red he encontrado estas curiosas historias de autores que firmaron sus obras bajo un seudónimo.

Lewis Carol, autor de Alicia en el País de las Maravillas, se llamaba en realidad Charles Lutwidge Dodgson, un nombre infinitamente más largo y difícil de recordar pero, sobre todo, su nombre real, por el que era conocido en su círculo social y con el que firmaba sesudos artículos matemáticos, entre otros. Quizá eso hizo que tratase de separar su lado serio con el del escritor que firmó una obra mágica, loca, a ratos incoherente y con muy poco de científico en ella. Esa, se especula, podría ser la razón para ocultar su verdadera identidad.



Una autora que firmó con seudónimo fue la mismísima Jane Austen. Al principio, ni siquiera usó un nombre, tan solo un escueto "By a Lady". ¿Timidez? ¿Prejuicios sociales de la época? Quizá un poco de todo, porque si hay un sexo en el que el uso de seudónimo muchas veces se ha convertido en necesidad es en el femenino.


En España también tenemos casos de seudónimos famosos que escondían a una mujer. Uno de los primeros fue Fernán Caballero, alias empleado por Cecilia Böhl de Faber y Larrea para publicar sus obras. A ella las que la obligaron fueron las circunstancias: su padre le prohibió expresamente escribir en casa. Y eso que su madre era escritora… El machismo imperante en la sociedad del XIX también afectó a las archifamosas hermanas Brontë, que tuvieron que usar, las tres, seudónimos masculinos para publicar.


Pero a veces, alguna, sucede lo contrario. Yasmina Khadra es el seudónimo femenino del escritor argelino Mohammed Moulessehoul. Después de publicar con su nombre real, decidió usar un alias por motivos políticos. Quería expresarse con mayor libertad sobre la situación de su país y por eso usó un nombre distinto, tan distinto que es de mujer.


Otro caso más reciente, y por duplicado, es el de J.K. Rowling. Su editorial le aconsejó “ocultar” con las iniciales de su nombre su condición de mujer, porque le aseguraron que no tendría ninguna oportunidad como autora de fantasía, subgénero donde los que triunfan son los hombres. Vamos, un resbalón de libro el de sus editores. No hace falta que recuerde que es la escritora mejor pagada en la actualidad, puesto que la saga de Harry Potter la ha hecho mundialmente famosa, y me da la sensación de que desde el primer libro supimos que era mujer. Y nos dio exactamente lo mismo. Pero decía que su caso era por duplicado, puesto que hace unos años publicó una novela para adultos que recibió muy malas críticas (era normalita tirando a aburrida, nada que ver con el mundo mágico). Pensando que quizá su popularidad había jugado en contra, la siguiente vez publicó bajo el seudónimo de Robert Galbraith. Tampoco la novela era una maravilla, pero la crítica no se cebó con ella. Al final, el hecho de que un absoluto novato tuviera el mismo agente que la famosísima autora hizo saltar las alarmas y acabó teniendo que confesar que ella era la autora de la novela de Galbraith. Vaya, que el tal Robert no existía, salvo como un seudónimo de la famosa escritora británica.


Yendo a lo próximo, en los últimos años he conocido algún caso en el que se usaba un seudónimo porque se pretendía que la familia no se enterase de su faceta literaria. Ya sé que esto va un poco en contra del ego del escritor, que parece que siempre quiere ser reconocido, pero hay determinados géneros, como la literatura erótica (hace unos años más que ahora) que era complicado confesar que se escribían. Creo que pesa más esto que la familia.

Algunas personas de la mía, después de ocho libros todavía no saben que escribo…

Separar dos facetas distintas, deshacerse de una fama mundial que puede ser perjudicial cuando decides abordar otro subgénero, liberarse de trabas sociales y del machismo de una época pueden ser razones de peso para publicar bajo seudónimo. O esconderse.

¿Se os ocurre alguna razón más para publicar con seudónimo?